Parroquia de San Josemaría en Aravaca

El 17 de febrero tuvo lugar la inauguración oficial de la Parroquia de San Josemaría, situada en el madrileño barrio de Aravaca, zona de Valdemarín, con una Eucaristía Solemne presidida por el Ilmo. Sr. D. José Luis Huéscar Carrizal, Vicario Episcopal del Arzobispado de Madrid.

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Esquina de la calle de Santa Inés con Atocha

Atocha con Santa InésEn este lugar de la calle de Atocha, en la esquina con la calle Santa Inés, sufrió el Fundador una agresión un día de la Octava de la Inmaculada de 1931. El Fundador entiende en sus escritos por San Carlos la Facultad de Medicina.

Escribió el Fundador el 15 de diciembre de 1931:

Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo.

Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: “¡le voy a dar!”, y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe.

Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”

Crucé la esquina de Santa Isabel con paso tranquilo, y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar, por aquel defensor!, con el nombre -burrito, borrico- que tengo delante de Jesús, me impresioné. Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen. Que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de San Felipe.

Escribió al día siguiente, 16 de diciembre de 1931:

AcuarelaAyer estuve como cansado, a consecuencia indudablemente del asalto de la calle de Atocha. Estoy convencido de que fue cosa diabólica. (...) El que trató de agredirme tenía una cara de insensato terrible. De los otros dos no recuerdo nada. Entonces -y después tampoco- no perdí la paz.

Fue una trepidación fisiológica, que aceleró la marcha de mi corazón y que me di cuenta de que no se manifestó al exterior, ni en un gesto. Me pasmó, según conté, el tono de ironía, de burla que empleó para llamarme, por dos veces, burrito.

Instintivamente, elevé mi corazón y me puse a rezar tres avemarías a nuestra Señora. Después, anoté a la letra en mi cuartilla las frases de aquella gente. (Vázquez de Prada, 411)
 

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