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Recorrido histórico 1
Plaza de Santa Isabel

Antigua Sede del hospital San CarlosCruzando la Plaza del Emperador Carlos V, por el paso de peatones, frente al Hotel Mediodía y avanzando por la calle Santa Isabel, se llega hasta la Plaza de Santa Isabel.

Esta plaza de Santa Isabel está formada, en parte, por dos grandes fachadas. Una es la fachada del Centro de Arte Reina Sofía y otra, la fachada del Real Conservatorio Superior de Música, que ocupa la antigua sede del antiguo Hospital General de San Carlos.

La historia de Hospital General de San Carlos es multisecular. A finales del siglo XVI existían en el Madrid de los Austrias hasta catorce hospitalillos, repartidos por la Corte. Para remediar esta situación, un capitán de los Tercios de Flandes, Bernardino de Obregón, conocido como el “Apóstol de Madrid”, convenció al rey Felipe II para que fundiese en un único hospital todos los existentes. Con este fin se creó una Junta de Hospitales y se encargó el proyecto del nuevo edificio a Herrera, el arquitecto de El Escorial. Se comenzó el proyecto y junto a los terrenos del Hospital se construyó el convento de Santa Isabel, colindante con el Hospital de la Pasión, destinado a mujeres.

Las obras estuvieron detenidas casi un siglo y no se concluyeron hasta tiempos de Carlos III, que dedicó toda esta zona “al cultivo de las Ciencias”. Este rey hizo construir en las cercanías el Jardín Botánico, el Observatorio Astronómico y prosiguió el proyecto del Hospital General. Pero a la muerte del Rey el proyecto original de Sabatini, que superaba en tamaño al Palacio Real, quedó inconcluso.

 
Hospital General

Hospital General de MadridEl Centro de Arte Reina Sofía, en la Plaza de Santa Isabel, 52, en la actualidad es un museo que ocupa las salas del antiguo Hospital General. Exhibe una muestra relevante del arte contemporáneo.

El paseante puede contemplar en su interior la valiosa Colección Permanente y algunas exposiciones temporales. Un paseo por las salas de este Centro de Arte —de entrada gratuita si el paseante se dirige sólo al jardín o la librería— puede servir para evocar las largas crujías llenas de enfermos, a los que atendió el Fundador del Opus Dei desde el 21 de septiembre de 1931 hasta diciembre de 1934.

Evocaba el Fundador el fallecimiento de un gitano en este Hospital, al que atendió antes de morir:

"Este hombre se muere. Ya no hay nada que hacer..."

Fue hace años, en un hospital de Madrid.

Después de confesarse, cuando el sacerdote le daba a besar su crucifijo, aquel gitano decía a gritos, sin que lograsen hacerle callar:

- Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte en seguida, en el Cielo!

...¿Has visto una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición?

Acompañaban al Fundador en esas visitas jóvenes profesionales, como Luis Gordon; estudiantes, como Manuel Doménech; y artistas, como el escultor Jenaro Lázaro. En este Hospital tuvo lugar el suceso que recordó varias veces san Josemaría en su catequesis: un joven empresario, Luis Gordon, al tener que dedicarse a una tarea molesta para atender a un enfermo —limpiar el vaso de noche—, oraba al Señor pidiéndole que no se expresara en su rostro la repugnancia interior que sentía al hacer aquello. Aludió a este suceso en un punto de Camino:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella «sutileza» del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?


Hospital General"Un día -recuerda Herrero Fontana- me propuso el Padre (San Josemaría):

-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?

Acepté, y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro.

Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes: junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías, sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo... con fiebres tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello...

San Josemaría atendiendo a un gitano enfermo En Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de ellos... Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les prestaba pequeños servicios materiales.

Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello, les afeitaba, limpiaba los vasos de noche... No les podía llevar alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena lectura.

Les pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad por la labor que hacía con la gente joven

Como yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás, observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento...

Esa imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios... Una imagen que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida".
 

 
Calle Santa Isabel

Calle de Santa IsabelSaliendo del Centro de Arte, desde la Plaza de Santa Isabel se continúa por la calle de Santa Isabel.

Esta calle de Santa Isabel, ancha y en cuesta, conserva un aspecto muy semejante al que tuvo durante siglos. En los años treinta se instalaba aquí un mercado popular, y la calle se poblaba de toldillos y puestos de venta improvisados.

A la izquierda se alinean, sin solución de continuidad, tras la calle del Doctor Fourquet, el Convento de Santa Isabel, en el nº 48 bis; la iglesia de Santa Isabel; el Patronato de Santa Isabel, en el nº 48; y el Real Colegio de Santa Isabel La Asunción, en el nº 46. Están vinculados a la figura de san Alonso de Orozco, fundador de la Comunidad de Religiosas Agustinas.

A la derecha se alza primero el edificio del Real Conservatorio de Música y luego, la actual sede del Colegio de Médicos de Madrid.

 
Real Monasterio de Santa Isabel

El Real Monasterio de Santa Isabel habitado por monjas agustinas recoletas, tiene la numeración 48 bis. Fue construido en 1565, como recogen varios mapas del Madrid de la época.

Real Monasterio de Santa Isabel

Imagen del Niño Jesús de Santa IsabelNiño Jesús de Santa Isabel

Esta imagen del Niño Jesús, por el que tanta devoción tenía san Josemaría, se custodia en la clausura de este convento, y sólo se expone públicamente a la veneración de los fieles en las fiestas de Navidad, durante las funciones litúrgicas. La Comunidad de Religiosas ha editado una estampa en la que se lee:

Vázquez de Prada alude a la devoción del Santo por el Niño, y cita un Apunte íntimo:

Hoy me llevé el "Niño de Santa Teresa". Me lo dejaron las Madres Agustinas. Fuimos a felicitar las Pascuas a Fray Gabriel, en los Carmelitas. El hermanito se alegró y me regaló una estampa y una medalla. Después vi al P. Joaquín, director de D. Norberto. Hablamos de la O. de D. (...) En casa mamá rezó en voz alta un padrenuestro y avemaría. Y aquí tendré a Jesús hasta mañana.

Hoy entré en la clausura de Sta. Isabel. Animé a las monjas. Les hablé de Amor, de Cruz y de Alegría... y de victoria. ¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin. Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría -con mayúscula- que hoy tengo..., cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío (que anda mal: la verdad): Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor. (Vázquez de Prada, p. 406)

 
Iglesia de Santa Isabel

Iglesia de Santa IsabelContigua al Convento, está la iglesia de Santa Isabel, construida en 1565. Este templo albergó numerosas obras de arte. Muchas fueron destruidas en 1936. Sobre la puerta de la iglesia hay un escudo en piedra que recuerda el Patronazgo real de estos edificios.

San Josemaría celebró Misa por primera vez en esta iglesia el 21 de septiembre de 1931. Escribió en sus Apuntes:

Día de San Mateo— 1931: He celebrado por vez primera la Santa Misa en Santa Isabel. Para toda la gloria de Dios.

El 16 de febrero de 1932 san Josemaría anotó un hecho que tuvo particular resonancia en su vida espiritual: “Después de dar la sagrada Comunión a las monjas, antes de la Santa Misa, le dije a Jesús [...] “te amo más que éstas”. Inmediatamente entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”.

Escribe Vázquez de Prada:

"Y una mañana, después de decir misa, al terminar la acción de gracias, escribió de una sentada, junto al presbiterio, en la sacristía de Santa Isabel, el Santo Rosario. No sabemos con certeza qué día de la novena; pero sí que la víspera de la fiesta de la Inmaculada, 7 de diciembre, estaba leyendo en Santa Isabel a dos jóvenes el modo de rezar el rosario, pues esa fue la intención con que lo escribió: ayudar a otros a rezarlo.

Más tarde, cuando hizo el prólogo, cuenta al lector el secreto de ese camino de infancia espiritual:

Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños.

[...] Hazte pequeño. Ven conmigo y —éste es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José

Así, suavemente, se introduce al lector en escena:

No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... —Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena:

El Arcángel dice su embajada.

De la presentación de "Santo Rosario" son también estas líneas:

El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima."

Escalinatas de la iglesia de Santa IsabelJuan el lechero

En las gradas de esta iglesia de Santa Isabel solía saludar, llevando en la mano las últimas cántaras de leche que había vendido (como las de la fotografía) todas las mañanas un hombre joven, coherente en su vida cristiana. Era “Juan, el lechero”, al que san Josemaría evocó en algunos de sus escritos.

Este repartidor de leche era un hombre despierto, de gran piedad eucarística, muy querido en el barrio, muy simpático, con una pequeña trabazón a la hora de hablar, que venía desde el Puente de Vallecas y saludaba todos los días al Señor desde este lugar diciéndole: “Jesús, aquí está Juan el lechero”.
 
En 1932 este hombre -del que se desconocen más datos, salvo que falleció hacia 1941- estaba soltero y rondaba los treinta años. La gente del barrio le recordaba como un hombre de buen carácter, que piropeaba a las chicas y aguantaba con paciencia las bromas de la chiquillería. A veces les regalaba a los niños unos huevos pequeños, que llamaban de "gallina enana",

Juan venía todos los días desde el Puente de Vallecas, con su mulo cargado con dos cántaras de leche y una manta para la lluvia. Recorría, vendiendo leche a las parroquianas -como recuerda una de ellas, Francisca Amelia- las calles de El Salitre, La Fe, Esperanza, Tres Peces, Torrecilla del Leal y la Magdalena. Allí dejaba su mulo, en el pasaje Doré, y en la Plazuela de Antón Martín entraba a rezar a la Virgen de la Milagrosa en la iglesia de El Salvador y San Nicolás.

Terminaba su recorrido bajando por la calle de Santa Isabel. Se acercaba al convento y dejaba en el torno del convento una cantarilla pequeña de leche de tres o cuatro litros. Le devolvían la cantarilla del día anterior, vacía. De vuelta, saludaba al Señor en el Sagrario, desde la puerta, con sus cántaras vacias, con el estruendo consiguiente, que escuchaba san Josemaría desde el confesonario, que estaba muy cercano a la puerta.


Interior de la iglesia de Santa IsabelCuenta Ana Sastre:

"Durante varios días, y mientras ocupa el confesonario de Santa Isabel, oye la puerta de la iglesia que se abre con estrépito y un ruido como de cántaros metálicos.

Por fin, decide averiguar la causa. Se sitúa junto a la puerta, por dentro de la iglesia. Al oír el primer golpe sale y encuentra un lechero que viene con sus cántaros.

-«Pero, tú, ¿qué haces?»

-«Yo, Padre..., vengo cada mañana, abro -no entro con más delicadeza porque no sé; por eso meto este ruido-, y le saludo: Jesús, aquí está Juan el lechero».

Y le parece una oración tan formidable que pasa el día repitiéndola como una jaculatoria: «Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero».

Santa Isabel en los años de la preguerra y de la contienda

Esta iglesia de Santa Isabel sufrió mucho con los avatares de la preguerra y de la guerra civil española.

“Siguen los incendios —escribió el Fundador el 11 de marzo de 1936— Esta mañana, mientras celebraba la Santa Misa en Santa Isabel, de orden superior les recogieron las carabinas a los guardias...Yo, de acuerdo con las religiosas, consumí un copón casi lleno de formas. –No sé si pasará algo. Señor: basta de sacrilegios”. (Vázquez de Prada, 579)

Seguía anotando, días después, el 25 de marzo de 1936 en sus Apuntes íntimos:

El día 13 intentaron asaltar Santa Isabel. Destrozaron unas puertas. De modo providencial, se quedó la chusma sin gasolina, y no pudieron incendiar más que un poco la puerta exterior de la iglesia, porque huyeron ante una pareja de guardias. (Vázquez de Prada, 579)

A comienzos de la guerra civil, en julio de 1936, el templo de Santa Isabel fue incendiado. El día anteriro Francisca Amelia presenció como saqueaban los objetos litúrgicos y los cuadros. El clima que se respiraba era muy anticristiano. De hecho, algunas chicas del barrio le decían a Juan el Lechero: "cuidado Juanito, que te ven entrar y salir de las iglesias y te van a matar". "No me importa" -respondía. "No tenía miedo -comenta Francisca Amelia-. Tenía fe".

 
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